Del Branding personal al ‘Egobranding’

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Cada vez estamos todos más preocupados por la marca personal. Y no por esa que vamos dejando cuando pasamos por la calle o cuando nos encontramos con amigos para compartir un tiempo de conversación. No. Nos referimos a la marca personal que generamos con nuestras actuaciones y nuestros comportamientos en las distintas redes sociales a las que, quien más y quien menos, estamos enganchados.

Tenemos Facebook para ser los más ‘guays’ de la pandilla o los que más viajamos, tenemos Twitter para ser los más ingeniosos y ocurrentes mientras vemos un programa de televisión, tenemos Instagram para sacar adelante nuestra frustrada vocación de fotógrafos, tenemos Pinterest para mostrar al mundo a dónde nos gustaría viajar, tenemos un blog para escribir y pontificar acerca de todo lo que hacemos, decimos o pensamos…

Pero llega un momento en el que tanta presencia social puede convertirse en spam para otros usuarios y para tus propios conocidos. Sobre todo cuando cometemos un error de principiante y comenzamos a lanzarnos flores en masa hacia nosotros mismos. Es decir, esa delgada línea entre el Branding personal y el Egobranding (definido éste como la concepción de la marca personal como un lugar en el que únicamente se rebotan los elogios y los halagos que los demás efectúan hacia nosotros mismos).

Estos ‘Narcisos 2.0’ (sirva la expresión para definirlos) son aquellos que van forjando su marca personal basándose únicamente en los regalos que su audiencia le va enviando en forma de mensajes: ‘oh, eres el mejor’, ‘oh, qué bueno eres’, ‘caray, tú sí que sabes hacernos reír’… Bueno, quizá no sea necesario que ponga más ejemplos porque seguro que conocéis a alguien que lo ha hecho.

Y bien, ¿en qué punto está el límite entre la creación de una marca personal rigurosa, con afán de conseguir un determinado objetivo y el mero hecho de querer crearse una imagen personal basado en el más puro ego elevado a la enésima potencia? Está claro que a todos nos gusta que nos digan que somos los más guapos, los más altos y los más bellos… Pero conviene no pasarse con la reutilización de este tipo de mensajes. Está bien que, de vez en cuando, mostremos al mundo cómo nos ve una parte de él, pero no conviene mostrarle al mundo que nos pasamos el día siendo venerados por una cohorte de seguidores más asemejados a un coro de palmeros que a la realidad con la que nos enfrentamos cada día.

¿Qué pensáis? ¿En qué momento se quiebra el branding personal para acabar convirtiéndose en egobranding?

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